ríete,
mucho;
ríete tanto que duela.

miércoles, 4 de julio de 2018

Vita.

Ni siquiera sabría cómo empezar
a explicarte todo;
el porqué sí,
el cuándo.

El preciso momento en el que tuve claro que no quería que fuera con nadie más.
Que quise montarme en aquella montaña rusa
y hacerla nuestra,
tanto,
que es imposible que nadie entienda esto.

Porqué seguimos intentándolo
y todas esas veces que nos hemos visto cuesta abajo y casi nos fallan los frenos,
esas veces que nadie sabe,
que sólo tú y yo.
Siempre tú y yo.

Y sin embargo seguimos caminando,
sin prisa pero sin pausa,
todos los días de mi vida.
Todos,
mi vida;
porque hace tiempo que ha dejado de importar lo demás.
Ni tus idas y venidas
ni mis miedos.

Se han quedado atrás las inseguridades porque por fin hemos aprendido a ser.

A ser sin que duela.
A ser sin medidas.
Sin tiempo.
De una forma tan intensa,
que todavía me sigo preguntándo
qué cojones viste aquí.
Que yo solo era una casa en ruinas
y me has decorado a tu antojo,
y ahora todo se ve tan bonito...

Las vistas desde aquí son tan inmensas que he empezado a sentirme grande a tu lado.
De tu mano.
Contigo.

Y no me cansaré de decirte que quiero,
quise
y sé que querré esto siempre.
A ti.
A un nosotras.
Mucho tiempo.
Muchos días,
y todas la noches.
Quédate todas mi vida,
y prometo intentar hacerte la mitad de feliz,
como mínimo,
de lo que me haces tú a mí.

Volemos alto
que sé que juntas llegaremos lejos.




lunes, 28 de mayo de 2018

Lo siento.

No podría decirte nada más sincero que lo siento.
Porque lo siento tanto
y tan fuerte,
que no te haces una idea de cuánto lo siento,
ni de cómo.

Sé que llegaste de casualidad,
pero ahora que estamos solas
tengo que admitir
que siempre te busqué.
Que siempre te quise,
aunque no lo supieras,
aunque yo no supiera que tú
y yo,
que nosotras
seríamos capaz de encajar de una forma tan bonita.

Hoy he vuelto a despertarme
mirando al otro lado de la cama,
como cuando no estás.
Ya sabes,
siempre después de haberte ido.
Y es curioso,
porque cuando te quedas
no lo dudo,
nunca miro;
y cuando sé que no estás
sigo con la esperanza de encontrarte al otro lado.

Sabrás también que esto no va a cambiarnos,
que siempre quise que volaras
y que espero cada día
que sigas queriendo hacerlo conmigo;
porque contigo llego alto,
tanto mi vida,
que he dejado de tener vértigo a las alturas
porque me he acostumbrado a estas vistas.

Al contigo,
al no sin ti.
A las manos encajando,
y a los besos antes de ir a dormir.
A tu forma de aguantarte la risa,
y a la mía cuando te veo venir.

Sé que me explico fatal,
que nunca conseguiré entender porque tú
si yo nunca merecí este amor tan fuerte;
si me había proclamado desastre
en la vida de cualquiera
y el huracán en todo su esplendor.
Que nunca entendí por qué quisiste meterte aquí,
ni tampoco me quedarán palabras para agradecerte
todos los días que me regalas
sin darte cuenta.

Así que lo siento.
Sin pedir perdón.
Sin apuros.
Sin prisas.
Con muchas ganas.
Muchas noches.
Y restando días para seguir sumándolos contigo.

Lo siento mi vida,
porque
cómo cojones no iba a hacerlo si nunca nadie me había mirado así.

lunes, 2 de abril de 2018

Ahora soy mejor persona.


Si pudiera me pasaría el resto de mi vida agradeciéndote haber aparecido, aunque repitas mil veces que fue de casualidad.
Si te tuviera delante te pediría que al mirarme no pestañearas, que me gusta cuando puedo verme reflejada justo ahí. Que me veo mejor persona. Gracias a ti.

He descubierto una parte de mí que había dejado apartada y que echaba de menos. El puzle vuelve a estar completo, y es gracias a ti. A tu insistencia en querer mejor, y a la mía de dejarme hacer. A las tardes de relax, las noches creando amaneceres descubriendo un poquito de mí y de ti, y, además, a tu risa. A esa que tanto odias y que te sale de casualidad cuando algo te sorprende de repente. A tu mal genio a la hora de aceptar que hay veces que nadie tiene razón, por mucho que suene irónico.
No lo entiendes, pero sé que soy mejor persona cuando te veo sonreír a escondidas antes de irnos a dormir. Cuando te enfadas y aun así no eres capaz de mirarme a los ojos por miedo a perder la compostura, y la razón.

Me has convertido en mejor persona porque alguien como tú solo podía traer pros a todos los contras que tenía a mi alrededor. Y, mi amor, cómo agradecerte cada parte de este puzle que hemos creado sin saber cómo, y que tengo miedo a que se rompa. Como devolverte todo lo que me has regalado sin querer, y sin darte cuenta. Cómo voy a hacerlo sin decirte la palabra que tanto odias y que necesito que escuches cada día. Que te quiero como la gente ya no quiere. Que los nudos han dejado de ahogar y que ahora gracias a ti respiro.
Esta noche no quiero mentirte, mi amor, porque es hora de que diga en voz alta que llevo meses enganchada a esa sonrisa, y a tu manía de no querer enseñarla. No quiero peros que me quiten la posibilidad de decirte que te quiero, así, sin más. Y quiero que entiendas que me muero de ganas de que te dejes llevar y darme la mano para caminar contigo, sin miedos, sin pasado, sin más. Y cuando no puedas más me gustaría mirarte para decirte que desde que te vi supe que tenía que ser así, sin mediar palabra. Pocas palabras bastan, lo sabes, desde el principio.
Ahora quiero mirarte,
y después;
tal vez mañana
bajar la mirada sabiendo que,
de casualidad,
seguirás mirándome de reojo
casi
sin querer.

lunes, 26 de febrero de 2018

Muy y mía.

Supongo que tú tampoco te lo imaginabas.
Que hoy estaríamos aquí sentadas
en el mismo banco,
así.
Supongo que tú también te alegras de verme,
que tampoco sabías qué era echar de menos a alguien
hasta que me viste irme,
aunque no fuera a casa;
porque nunca fue contigo
siempre fue de ti.

Sé que tú también sonríes cuando escuchas mi nombre
y que yo seguiré haciéndome la tonta
cuando te vea llegar.
Que me seguiré poniendo nerviosa antes de volver a verte
y que el nudo en el estómago al verte ir
cada vez se hará más grande.
Más fuerte.
Que solo puedo culparte de haberme hecho feliz.
De ser todas esas primeras veces que nunca esperé con nadie
pero que contigo sí,
contigo siempre.

Y es que joder,
es tan bonito verte reír...
y llamarte vida,
porque te has convertido en parte de eso;
con todos y cada uno de los baches que nos encontramos al principio
y tu manía de quitar piedra a piedra
cuando yo solo quería saltarlas todas.

Y aún así
viste todo este desastre
y tuviste el valor de quedarte,
para no llamarnos suerte
y creer en el destino,
como si tú y yo
no fuéramos más que eso.
Más que esa luz al final del túnel
y todos los ases que quieras,
negros;
con el cactus
y muchas rosas.

Nos hemos convertido en todas las llamadas
a las tantas de la madrugada,
y en todos esos besos.
En las miradas de más
y en las fotos de menos.
Nos hemos convertido en momentos,
porque por fin
somos,
y mi vida
ojalá sigas aquí
dentro de cinco minutos más
muchos ratitos,
tan tuya
y tan mía
haciéndonos nuestras.

viernes, 9 de febrero de 2018

Solo nos bastó.

Supongo que algo tenía que significar
que nos costara tanto
quedarnos,
y que el primer acto reflejo
siempre fuera marcharse.
Huir del dolor.

Si te soy sincera
en el fondo siempre supe
que seríamos cuestión de tiempo;
que nunca fue por falta de ganas,
pero que
no íbamos a ser la excepción
al resto.

Qué gilipollas fue creer que lo nuestro sí iba a salir bien.

Te diría que me lo merezco,
que nos merecemos haber caido
por como hicimos las cosas;
pero es que no lo creo.
Nos quisimos tan fuerte
tan poco tiempo
que pareció una eternidad.

Mi vida,
tuvimos la eternidad que tanto ansiábamos,
en nuestro propio espacio temporal,
a millones de años luz
de la realidad.
Y nos bastó.

Y nos conocimos tanto
con solo mirarnos a los ojos,
que me hiciste creer
por primera vez
que valdría la pena quererte
a sabiendas
de que quizás
podríamos salir mal.
Y te quise con todas las ganas,
tantas noches,
en cada una de mis letras;
que nunca tuve la sensación
de que algún día podrías irte.

Qué gilipollas fue creer que no te cansarías.

Apostamos al as,
al negro,
esperando
que nada nos saliera mal,
sin contar
con que eramos dos polos
exactamente iguales
que iban a la misma velocidad
hacia la misma meta.
Y chocamos
con toda la fuerza con la que nos habíamos querido,
y acabamos rotas
por algo
que pensamos que solo nos podría
hacer felices.

Pero nos bastó.
Nos bastó ese segundo juntas
para que mereciera la pena
pasarnos toda la vida
echándonos de menos;
porque,
mi vida,
no podría haber elegido
otros labios
para el crimen.