Si algo le pido a la vida,

es que no me faltes nunca.

viernes, 6 de mayo de 2016

Te he echado... porque sí.

Yo tampoco me entiendo. Igual ha sido verdad eso de que fuiste un veneno, una enfermedad con cura; y te has ido. O te he echado, que para el caso es lo mismo porque lo importante es que has desaparecido. Y ahora estás queriendo volver, aunque sea para dejar cicatriz y ya no quiero. Ni verte. Ni en pintura. Ni por si acaso. Te he eliminado de tal forma que creo que me he vuelto alérgica a tu sonrisa, yo, que me desvivía por ella. ¿Lo entiendes? Que te quiero pero he conseguido no seguir haciéndolo, ¿sabes? Que estás pero ojalá te fueras y aun así no tengo cojones de decirte adiós. 
Me quejé de que vivías de caprichos y yo quise quererte hasta tenerte o morir, y ahora que te tengo ya no te quiero. Ni para toda la vida ni para un rato. Ni siquiera te quiero por si acaso o por todo aquello. Que no. Que he cerrado la puerta y he roto la cerradura para que nadie mas pueda volver a entrar o abrir esta puerta y que salga toda la mierda que me hiciste echarle. 
Te he echado porque descubrí que mi vida valía más si no la compartía contigo. Te he echado porque me di cuenta de que primero tenía que quererme a mi y no a ti. Porque me tocaba subir escaleras para hacerme mas grande después de lo pequeña que me hiciste. Te he echado porque la vida se ha vuelto bonita aunque no te tenga. Te eché, sin más, por mi. Y qué quieres que te diga, no sabes lo feliz que soy desde aquí arriba.