Si algo le pido a la vida,

es que no me faltes nunca.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Huirnos.

Solo me apetece aislarme de todo y huir del dolor. 

Noto como vuelvo a romperme y esta vez no tengo a nadie a mi alrededor para poder culparle. ¿Soy yo? ¿Me estoy rompiendo? Al final va a ser verdad y soy mi propio enemigo. 

Me he pasado la vida culpando a los demás de los cuchillos y ahora resulta que me los clavaba yo. Y solo me sale llorar. De rabia. De pena. De impotencia. No sé. 

Solo sé que me quiero y no quiero quererme, o al revés. He perdido la cuenta de los días que digo que sonrío y es mentira, de los que lo hago de verdad y de los que ni se me pasa por la cabeza hacerlo, y me hago un lío. 

No sé qué quiero, o a quién. En teoría he pasado página y el otro día volví a quedarme dormida pensando en ti. Y me levanté pensando en otro. ¿Tu me entiendes? Porque yo no. 

Y no hago más que ver películas de amor que desearía que fuera mi vida y lo único que hago es subir unas expectativas a las que nadie nunca volverá a llegar. Ni siquiera yo. 

Así que me estoy perdiendo, o lo que quedaba de mi. 

No sé si agradecerte que te fueras o llorarte porque a pesar de todo no quisieras quedarte. La teoría me la sé, pero qué jodido es llevarlo a la práctica. Y te quiero. Pero no sé de qué manera. Y vaya lío. De ti. De mi. Y otra vez de mi. En vez de poemas parece que escribo libros contando una y otra vez lo mismo sin llegar nunca al final, porque no tenemos. O no quiero verlo. Después de todo, dicen que cuando no quieres asumir algo no abres los ojos, y los míos tienen la venda tan apretada que tampoco me importa imaginar el mundo y obviar la realidad, total, sé que fuera está lo peor. Y no estás tú. No vuelves. No quieres. Y yo así no puedo. 

Porque no se puede seguir sin alguien que era, es y será siempre tu vida.