Si algo le pido a la vida,

es que no me faltes nunca.

domingo, 14 de junio de 2015

Lo último por ti y lo primero que hago por mi.

Esta mañana me he levantado y, extrañamente, no he deseado que estuvieras aquí. He querido no querer y no he querido. He sonreído al mirar el móvil y no he esperado un mensaje tuyo. Esta mañana no he llorado. He pensado en mí.

Y es que al final el tiempo ha hecho su efecto y he entendido que la vida que tengo solo es mía y de quien yo quiera que forme parte de ella, no tú, que quisiste robármela. Que, joder, te di la mano y por poco te llevas el brazo. No te culpo, sé que en parte siempre será culpa mía por no saber decir que no. Por no saber o no querer parar, hasta ahora. Y no niego que no dolieras o que no hicieras feliz, pero en este tiempo he aprendido a quererme como tú decías hacer y no demostrabas. Me he querido por ser como soy y he estado orgullosa de ello. He reído, y no gracias a ti. Y has pasado de ser el libro de mi vida a una simple hoja más. A un capítulo que tiene más tinta corrida que buenos recuerdos escritos. Tampoco te culpo por ello, uno quiere como puede, no como desea, aunque yo te deseara a ti.

Esta mañana ha sonado nuestra canción y no me has hecho falta y es que, como dice El Canto del Loco “no te echaré de menos en Septiembre”. Y eso que todavía no ha llegado verano.

Hoy me he tumbado en el sofá y no has sido el título del periódico diario de mi vida. Por ser, no has sido ni los chistes malos del final. Y he visto que recordar no implica sentir, cosa en la que he estado muy confundida durante este tiempo. Tampoco te echaba de menos a ti, sino a lo que fuimos que, para que negarlo, me hizo feliz; pero también supo cómo joderme la vida. Y ahora que te he echado después de haberte ido, que he borrado todas tus huellas de mi cuerpo y no he recordado lo que era esa sonrisa… Ahora disfruto un poquito más. De la vida. De los días. De mi misma. Y sé que nada será lo mismo sin ti, pero por una vez eso ya no importa. No importa porque me he dado cuenta de que uno es lo que el otro quiere que sea. Te puse en el peldaño más alto de mi vida sin darme cuenta de que realmente hacía mucho que habías ido bajando uno a uno con cada falta que tenías. Y se ha roto la coraza que tenía contigo para que dejaras de ser mi debilidad, abriera los ojos y me diera cuenta de que realmente aquí importa que fuiste y que ya no serás, sin que duela.

Y te aseguro que ha llegado el día que tanto hemos estado esperando. Mi marcha o tu mancha borrada de nuestra, bueno, mi cama. Tu rastro por cada esquina y el maldito número que solo arruinaba días. Los lugares a los que nunca llegamos a ir y todas las veces que planeamos los días de verano. Se han borrado porque realmente nunca existieron. Y me ha costado, pero he salido del maldito pozo que, supongo, caí pensando que era el cielo. Y es que una vez leí que nunca hay que ser la musa de un escritor porque te utilizará para escribir de ti y cuando no le provoques dolor ni alegría, te echará de su vida; y creo que nos ha pasado eso. Que ya no dueles. Que no vienes ni vas. Que ya no haces falta de la forma de siempre. Que, supongo, dejaste de ser la musa y yo cambié la forma de escribir. Pero tampoco te culpo, hace mucho que solo me echo las culpas a mi de todo esto que ha pasado, aunque quizás no lo sea, pero qué más da ya. Si mi vida gira en torno a mi y la tuya tampoco sé. Y mantengo eso de que te querré siempre, pero tampoco especifiqué como lo haría, ¿o qué? 
Sigo con la tontería de desearte lo mejor, porque comentan que soy buena persona, aunque a veces lo dude bastante. Espero que no duela ver que alguien llega a hacerte más feliz que yo sabiendo que pocos podrán quererte como yo lo hice. Espero que sigamos así, felices. Cada uno por su camino pero continuando formando parte del mismo. 
Y ya no te escribo a ti, le escribo a la vida, al tiempo, por pedirme tranquilidad y ser capaz de comprender todo ahora. Los malditos por qué. Doy gracias por confiar en la suerte aunque siempre dijera que la mia fuiste tú. Por saber caer y aprender a levantarme de ello. Las estúpidas frases hechas que al final te ayudan a salir un poco más y que a la larga se hacen indispensables.

Le doy gracias a la cabeza, por mantenerme firme y al corazón por, pese a todo, haber luchado como un campeón aunque haya acabado tan roto. Y a ti, te doy las gracias por haber venido, dado, enseñado y haber cerrado la puerta al salir.