ríete,
mucho;
ríete tanto que duela.

jueves, 4 de diciembre de 2014

El otro día eché la vista atrás y qué suerte la mía, estabas ahí.

El otro día me paré a pensarlo, y no he sabido darme cuenta de la suerte que tenía hasta que le encontré. Y puedo decíros cada una de sus virtudes que seguiríais sin entender por qué vivo queriendo pasar cada día a su lado, si no lo habéis visto o vivido de cerca como yo.
Que llegó de la nada, y poco a poco se hizo un hueco aquí, en los pocos restos que quedaba de este pobre corazón dandole ganas y vida. Y es que, parecerá tontería, pero a su lado los contras siempre acaban en pros, los menos en más; y las discusiones en besos. Ha hecho que dos simples palabras, como te quiero, sean de mis favoritas. Que mi rutina sea querer comerme el mundo y no dejar que éste me coma a mi. Buscar la felicidad hasta debajo de las piedras porque os aseguro, existe de verdad. 
Me ha ayudado a creer en mi, en nosotros. A buscar lo positivo de las cosas y sino a inventarmelo. Incluso, quién lo diría, ha conseguido que esta sonrisa parezca hasta mas bonita si es el motivo de ella. 

Y vendrán mil huracanes, puede que doce mil tormentas e infinidad de discusiones; que, a su lado sé que acabaran con un abrazo y mil lo siento. Con mis 'soy tonta' y sus 'no, la culpa es mía'. 

Y es que quién me iba a decir a mi que después de todo hoy estaría aquí, luchando por lo más bonito, por ver esa sonrisa salir a flote cada día y por saber que tengo la mayor suerte del mundo porque quiera quedarse y arreglar este desastre. Así que prometo disfrutar de esto, cada día, cada hora y si me dejas, a cada beso. Por ti, por mi, por esto, y por la felicidad de saber que ahora, hoy por hoy, camino contigo. 

No hay mas vida que tú.

Ten cuidado, tengo un puñado de esperanzas aquí y si vamos muy rápido, pueden caerse. O romperse, no sé. Desde que te vi supe que las cosas podían valer la pena. No preguntes cómo ni cuándo, si ya no importa. Si ya hemos llegado hasta aquí y la montaña rusa no para de subir. Y subir, y subir, y a mi empieza a  darme vértigo esto de que todo vaya tan bien. Eso de encontrarme en tu mirada y de regalarte cada una de mis noches y que tú sigas ahí cada mañana, al lado, como si la vida empezara a ser vida desde que te tengo aquí, ¿entiendes?

Y ahora que vengan y me digan que de esperanzas no se vive, que yo estuve toda una vida esperándote aquí y ahora ya te tengo. Y no negaré que aquel día en la estación las piernas me temblaron más que nunca, que después de todos esos días; de todos los contras y los poquísimos pros había llegado el día. Te vi, y no lo dije, pero tuve que aguantar las ganas de comerte a besos para que no se notara lo mucho que te había necesitado. Todas las veces que había imaginado aquello y la forma en la que sentía que mi vida empezaba ahora que te tenía. Ahora. Contigo. Sin importarme dónde, cuándo o cómo; sólo contigo.

Te miré y pude verme, vernos, en todos esos lugares de los que tanto habíamos hablado e imaginé todos esos besos que tantas veces nos habíamos prometido. Que llegaron, claro que lo hicieron, y no con pocas ganas. Al fin y al cabo eso era el amor, o nuestra manera de demostrarlo. Decir ‘que le den al mundo si sé que estás conmigo’, y tú lo estabas, después de todo.

Y ahora estoy aquí, mirando como duermes y recordando todos los momentos que hemos vivido, queriéndonos, teniendo demasiados motivos para ser feliz y bastarnos solo con uno; tú, yo. Que a base de amor no se vive dicen, y qué ingenuos que sois al creéroslo. Con lo bonito que es saber que tienes a alguien que daría la vida solo por verte sonreír, joder. Yo decidí darla por ti, y qué suerte la mía que me dejaste intentarlo, y conseguirlo. 

Y es que siempre diré que no hay nada más bonito que ver esa sonrisa de cerca y poder besarla una, dos y hasta mil veces si apetece. Poder abrazarte a cada instante y quién sabe, incluso pensar en un futuro y seguir viéndote a ti, aquí, conmigo; como siempre prometimos.