ríete,
mucho;
ríete tanto que duela.

viernes, 10 de octubre de 2014

Uno hacia delante y dos hacia atrás.

A lo largo de la vida aprendemos que hay que luchar por lo que verdaderamente se quiere. Aprendemos que caer a la larga, siempre significa levantarse y que una sonrisa, no siempre significa estar bien.

He caído tantas veces que, si os soy sincera, ya ni recuerdo el número de ellas. Ya no recuerdo la primera vez que creí que todo sería posible y que jamás se borraría la sonrisa de mi cara. Ni si quiera recuerdo lo que era no tener recuerdos de nada, ni dolor. Ni mucho menos, lágrimas.

A veces crecer solo significa perder, o tal vez, darse cuenta de que la vida deja de ser vida cuando no disfrutas de ella. Cuando aprendes que la felicidad no es un estado de ánimo sino un simple instante.
Y eso fue él, mi instante de felicidad. Fue esas ganas de comerte el mundo y las mismas de desaparecer, pero a su lado. Fue, por así decirlo, mi vida.
Esa vida que sabes que tarde o temprano acaba; como la canción que tanto te gusta, sabes que la podrás repetir mil millones de veces, que puedes disfrutar de cada segundo de ella recordando la letra; pero que terminará acabando en nada. En silencio. El mismo que dejó él cuando cerró la puerta de esto que tenía por corazón dejándolo roto.

Puedo aseguraros que luché por esto como, quizás, nunca lo había hecho por nada. Pero aún así, te das cuenta de que la vida no la regalan; y menos aún la felicidad.

Pero no sintáis pena por mi, porque puede que ahora mismo tenga el corazón tan roto que me sea imposible reconstruir. Puede que ahora mismo solo me apetezca llorar y evadirme del mundo haciendo lo mejor que sé hacer. Puede que ahora parezca que nada vale la pena; pero os aseguro que no cambiaría ese tiempo a su lado por nada.
Y os juro, que no hay cosa de la que más orgullosa esté que de que haya sido él quién me haya hecho feliz.